jueves, 24 de octubre de 2013

CUENTOS DEL MAGREB - EL ROBO DEL TORO


Magreb- El robo del toro.


EL ROBO DEL TORO

Cuentos del Magreb
En una de las noches más oscuras, un hombre decidió apro­piarse de un magnífico toro del establo de la tribu vecina.
Se en­caminó hacia el establo, durmió al perro que vigilaba gracias a unas entrañas de cordero, apartó los matorrales espinosos
de la cerca, abrió la puerta sin hacer ruido, pasó una cuerda por el cue­llo del toro y se lo llevó.
El toro se dejaba llevar dócilmente. El ladrón cruzó una co­rriente de agua, subió una oscura colina, se adentró en un bosque
de robles. De repente, cuando llegaba al límite del bosque, vio una luz rojiza a través de las ramas. Imposible equivocarse, aquella luz sólo podía ser la de un santo, de nombre Sidi El Re­rib, que había establecido su pobre cabaña en aquel lugar del bosque.
El ladrón, inquieto, dudó. Había oído hablar de los extraños poderes de aquel ermitaño que, decía que podía leer los secretos de los corazones y mandar sobre la materia inerte. Así pues, no se atrevió a salir del bosque por allí. Esperando que el toro no hicie­se ningún ruido, desvió sus pasos, caminando mucho rato en la oscuridad hacia una dirección que conocía, siguiendo un sendero mucho más arduo que el primero que había tomado. De vez en
cuando se golpeaba contra los troncos de los árboles y oía la res­piración del toro robado detrás de él.
Al llegar al límite del bosque vio la misma luz roja. El corazón del ladrón se puso a latir un poco más aprisa y pensó: «Quizá es el ojo del santo». Entonces se calmó, reflexionó y finalmente se dijo que había estado caminando en círculo, sin darse cuenta, para acabar en el mismo sitio que antes.
Retornó su camino en las profundas oscuridades del bosque. Siguió senderos desconocidos, se desgarró la ropa con las espinas de la noche, se hirió, de repente se encontró al borde de un preci­picio, las piedras corrían bajo sus pies, tuvo que agarrarse a la cuerda del animal para no caer al abismo, volvió a caminar, le pa­reció distinguir a través de los árboles una montaña que conocía, enloqueció, finalmente vio el límite del bosque. Y allí, como an­tes, vio la luz roja del santo, que seguía brillando.
Presa del pánico, sin soltar la cuerda del toro, volvió a sumer­girse en el corazón del bosque, despavorido, perdido en el miste­rio, jadeante. Se tocaba los brazos y la cabeza para asegurarse de que estaba vivo y despierto, y luego, pese a las numerosas ase­chanzas, se puso a correr para escapar a su miedo. Y oyó una voz que le preguntaba, detrás, muy cerca:
-¿Hacia dónde corres?
No tuvo ánimo para dar la vuelta. Sin soltar la cuerda, corrió, corrió hasta quedar sin fuerzas. La sangre brotaba de sus desgarrados miembros. Cuando se detuvo, asfixiado, oyó la misma voz tran­quila que le preguntaba, muy cerca:
-¿Hacia dónde corres? ¿De qué esperas huir?
Esta vez el ladrón se quedó un momento inmóvil, la mirada de repente clavada en la sombra. Sabía que no podía ir más lejos. También sabía que un suceso particular, del que no podría librar­se, se cernía sobre él. Lentamente, se dio la vuelta.
Vio al santo detrás de él, de pie, los brazos cruzados. La cuer­da del toro estaba alrededor de su cuello. Una luz roja brillaba al­rededor de su mirada.
El ladrón cayó de rodillas. Su mano soltó la cuerda.
Al día siguiente encontraron su cuerpo. Su estómago estaba reven­tado por dos sitios. Tal vez atravesado por estacas, pensó la gente, o por palos de hierro.
O más bien, dijo alguien, por los cuernos de un toro.


CUENTO DE NIGERIA - FOLAKE


Cuento de Nigeria – “FOLAKE”




FOLAKE
! MEDIDA DE SEPARADOR
Había una vez una hermosa mujer que se llamaba Folake. Su esposo era un comerciante muy rico que tenía más interés por el dinero que por la belleza. Él se dedicaba por entero a sus negocios y no le prestaba a su mujer la atención que ella deseaba. Su mujer tenía muy en cuenta el dicho que dice que si el campesino con azada no trabaja su tierra, será culpable de lo que otros hagan con ella. Pronto encontró a Ojo y a Kunle, dos amantes que los alternaba para darse el mayor de los gustos. Ojo y Kunle estaban celosos uno del otro y se odiaban, pero Folake los dominaba amenazándolos con contarles el secreto a sus esposas.
Un día, mientras Folake y Kunle se divertían sin inconvenientes, olvidándose por completo del mundo, escucharon de repente la voz del marido que había vuelto sorpresivamente de viaje. Folake le pidió a Kunle que se escondiera lo más rápido posible en un gran cántaro. El esposo creyó que Folake se había emocionado mucho por su regreso y cuando quiso sentarse a comer una papilla de ñames, Ojo paseaba por allí. Folake, más ágil que un halcón que atrapa un polluelo, antes que su marido pudiera sospechar algo, le dijo a Ojo:
-Aquí está el cántaro que debes recoger. Por favor, saluda a mi madre de mi parte.
La necedad no es ningún delito, pero no está libre de castigo. El marido, cuyo entendimiento iba más lento que una tortuga cuesta arriba, hasta ayudó a Ojo a colocar el cántaro sobre la cabeza.
Al estar en la calle, Ojo se propuso liberar a Kunle en un lugar apartado, donde nadie lo viera, pero luego lo pensó mejor:
-Para atreverse el antílope a entrar en la cueva de los leones, tiene que saber que será devorado. ¿Deberé compartir a Folake eternamente con este pilluelo?
Dirigió sus pasos a la casa de Kunle. Al darse cuenta Kunle de lo que tramaba Ojo, gritó:
-¿Acaso no hemos sido todo el tiempo buenos hermanos en el amor? ¿No debemos también ser hermanos en escapar del peligro?
Pero Ojo le dijo:
-¿Acaso soy una mujer que espera que sea su turno para atender a su hombre?
Pronto Ojo depositó el cántaro en la casa de Kunle y le dijo a su esposa:
-Aquí te traigo los saludos de tu querida amiga Folake. Ella te envía este cántaro.
Y Ojo desapareció lo más rápido que pudo. Cuando Kunle fue descubierto por su esposa, ella le tiró en la cara la comida caliente que recién había acabado de cocinar, desgarró su camisa, gritó y juntó a todos los vecinos. Kunle fue puesto en ridículo horriblemente y además tuvo vergüenza de ir donde Folake por lo tan mal que se le veía con la piel quemada.
Por largo tiempo sólo Ojo se citaba con Folake, cuyo marido todavía no sospechaba nada. El que mira hacia abajo ve su propia nariz, pero, ¿qué se puede hacer si uno siempre tiene los ojos fijos en el cielo?
Finalmente cuando la cara de Kunle se curó, él volvió a visitar a Folake. Ésta se puso muy contenta, pues no le bastaba tener sólo un amante. Antes de que Kunle la saludara, ella ya se había quitado la ropa. Repentinamente escuchó la voz de su marido. Folake, que estaba totalmente desnuda, se metió en un gran cántaro y dejó a Kunle para que resolviera el percance.
Kunle saludó amablemente al marido y le dijo:
-Me he encontrado con tu esposa en el mercado y le he comprado este cántaro. Ella me pidió que lo recogiera aquí.
El esposo lo ayudó a colocarse el cántaro sobre la cabeza. Kunle salió de allí y pensó en la mejor manera de poder liberar a Folake, pero luego se le vino a  la mente lo siguiente:
-¿Por qué tengo que salvar a Folake, si ella me ha puesto en peligro?
Y decidió castigarla. Se dirigió a la casa de Ojo y encontró a Ojo junto con su mujer. Depositó el cántaro y dijo:
-El esposo de Folake me ha pedido que les traiga este regalo.
Y Kunle se esfumó antes de que descubrieran en el cántaro a la mujer desnuda. Eso fue tal batalla y tal griterío como si cincuenta gallos se pelearan por una sola gallina. Primero se golpearon y arañaron las dos mujeres, luego ambas se fueron contra Ojo, y lo dejaron como a una lechuza bajo la lluvia, hasta que los vecinos lo lograron salvar.
Así Kunle se vengó, pero también perdió a Folake, pues el marido estaba como el hombre que busca sus pantalones y finalmente se da cuenta de que los lleva puestos. Se puso más vivo y en el futuro le prestó la debida atención a su esposa.
“Ojo se portó como el que defeca en la calle y las moscas le revolotean por la espalda. Kunle actuó como aquél que para castigar a la palmera corta la cuerda con la que se ha subido a ella.”

TALLERES PERMANENTES DE NARRACIÓN ORAL

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CUENTO DE LA INDIA

Cuentos de la India

Cuento de la India – Ni tu ni yo somos los mismos


El Buda fue el hombre más despierto de su época. Nadie como él comprendió el sufrimiento humano y desarrolló la benevolencia y la compasión. Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo. Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido pero permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios. Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó: -¿No estás enfadado, señor? -No, claro que no. Sin salir de su asombro, inquirió: -¿Por qué? Y el Buda dijo: -Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando me fue arrojada.

CUENTO DE LA CHINA. TRADICIÓN ORAL - 15 MONEDAS DE ORO



Érase una vez una pobre mujer y su hijo que vivían en una pequeña aldea. Todos los días se levantaban antes del amanecer para recoger leña en el bosque. Luego el niño la llevaba al mercado para venderla como combustible en cocinas y chimeneas. Con el dinero que obtenía compraba las cosas que necesitaban: aceite, huevos y arroz, y luego regresaba a casa.
Un día, cuando estaba en el mercado esperando pacientemente a que la gente le comprara su leña, de repente vio un pequeño bolso que seguramente se le había caído a alguien. No sabía que hacer con él, así que corrió a su casa para enseñárselo a su madre.
“Madre, mira lo que he encontrado”, dijo el niño.
Abrieron el bolso y contaron 15 monedas de oro.
“La persona que lo perdió debe estar preocupada. Tienes que volver al mercado y encontrar a la persona que lo perdió. Puede ser una persona tan pobre como nosotros que tenía pensado usar el dinero para arroz y aceite. Tú simplemente tienes que permanecer en el mismo lugar donde encontraste el monedero, y seguramente que la persona que lo perdió vuelve a buscarlo allí. El conservar las monedas me hace sentir muy mal, o sea, que apresúrate y encuentra a su propietario”
Así que, tal como deseaba la madre, el niño volvió al mercado para encontrar al propietario. Poco tiempo después se dio cuenta de que un comerciante miraba para todos los lados como si hubiera perdido algo.
“¿Señor, ha perdido usted algo? Le preguntó el chico.
“Sí, he perdido un bolso. Debe habérseme caído en alguna parte”
“¿Es este el bolso, señor? Preguntó el niño al comerciante.
“¡Oh, sí! Exclamó el hombre, e inmediatamente comenzó a contar las monedas que había dentro.
“1, 2, 3, …¡15! ¡Sólo hay 15! Tenía 30 monedas en el bolso. Tú te has quedado con 15. ¿Cómo te atreves a robar mi dinero?”
“Yo soy honesto, señor, se lo aseguro, había solamente 15 monedas en el monedero”, lloraba el niño.
Comenzaron a discutir, y poco después una gran multitud de gente se reunió allí para ver lo que pasaba. La discusión empeoró, cada uno acusando al otro de no ser honesto. La gente que se arremolinaba alrededor les decía que fueran a ver al juez para terminar con la disputa, así que, al final, una larga hilera de gente se encaminó hacia la oficina del juez.
“¿Cuántas monedas había en el bolso?” Preguntó el juez al chico.
“Quince, señor”
“¿Y contaste tú solo las monedas?
“No, señor, mi madre también estaba allí, y las contamos juntos”, explicó el niño.
Al oír esto, el juez mandó a llamar a la madre y le preguntó lo mismo.
Ella contestó con honestidad que había quince monedas en el bolso.
“Le dije a mi hijo que volviera al mercado inmediatamente para intentar encontrar al propietario”
El juez echó una larga mirada a la mujer y a su hijo, y luego le preguntó al comerciante:
“¿Cuánto dinero has perdido?”
“Perdí 30 monedas de oro. Este niño me ha robado 15 monedas. Exijo que me las devuelva inmediatamente.”
El juez echó una larga mirada al comerciante también y consideró qué sería lo más justo. Después de un rato, una ligera sonrisa apareció en su rostro y declaró:
“Como insistes en que has perdido un monedero con 30 monedas de oro, este monedero no puede ser el tuyo, por lo tanto no lo podrás reclamar”.
Mirando al niño, dijo:
“Dado que tú encontraste el bolso y nadie con derecho a él lo ha reclamado, puedes quedarte con el dinero para comprar las cosas que tu madre y tú necesitéis. Caso cerrado”
Todas las personas en la sala, excepto el comerciante, se sintieron satisfechos, y creyeron que había sido la mejor decisión”.

CUENTO AFRICANO. EL PESCADOR Y EL PEZ

Cuento africano. El pescador y el pez. Cuento Bubi Este maravilloso cuento Bubi dice asì: el narrador dice ¡Ahíííí! y los oyentes contestan ¡Mbééé! (las palabras sólo tienen un significado mágico). ¡AHÍÍÍ !MBÉÉÉ!
Hace mucho tiempo, vivía en un pueblo un pescador que era muy pobre, como la mayoría de los pescadores, era tan pobre que apenas tenía para comer y ademàs hacía tiempo que vivía con su esposa en una casa muy pobre. Era para ellos suficiente motivo para pelear. Una mañana estaba el pescador en su cayuco lamentando su triste situación tras haber pescado un sólo pez en toda la mañana, cuando sorpresivamente el mencionado pez que agonizaba dentro del cayuco empezó a gritar: ¡Pescadooor, pescadoor! El hombre se volvió sorprendido hacia el pez, y este dijo: -¡Pescador, suéltame por favor, yo tengo el poder de concederte lo que quieras, pero suéltame y déjame volver a mi casa!-. -¿De veras me concederás lo que quiera? -Dijo el pescador - ¡Sí, sí, pero suéltame ya!- decía el pez - Muy bien, dijo el pescador, quiero que me concedas una casa decente con muebles y una buena cocina para mi esposa-. -Está bien, concedido, pero suéltame ya- dijo el pez. El pescador sin embargo no se fiaba del pez por lo que lo dejó en una piscina de roca natural cerca de la orilla de donde no podría escapar, diciendo: -Te soltaré cuando compruebe que lo que dices es cierto. El pescador fué corriendo a su casa felicitándose por su inteligencia, y a medida que llegaba a su casa vio… que su vieja casa ahora era una casa bien cimentada y maravillosamente construída. La mujer del pescador salió a recibirle con los brazos abiertos y le dijo -¡Mira todo lo que tenemos, en la cocina hay ollas y una mesa!, entonces el pescador le contò como habían obtenido todas esas cosas, al oír la historia la mujer se enfureció: -Tú eres estúpido,-le dijo- ¡corre, ve y pídele al pez más cosas antes de que se escape, pídele una mansión y criados de servicio, tu serás un gran señor y yó una gran señora, pídele mucho dinero, corre!. El pescador corrió a la playa y encontró al pez que le saludó: -Hola pescador, ¿ya has comprobado que lo que te dije es cierto?-. El pescador le dijo: -Sí bueno, pero la verdad es que me equivoqué, en realidad quise decir que lo que quiero es una mansión, o mejor dicho, un palacio con sirvientes y quiero que mi mujer y yo seamos grandes señores muy reconocidos-. Está bien, dijo el pez que empezaba a enfadarse, pero suéltame yá. El pescador dijo: -Lo haré cuando compruebe que lo que dices es cierto-. Y efectivamente era cierto, cuando llego a su casa, ya no era una casa, ahora era una gran mansión y la gente les rendía pleitesía, sin embargo la esposa del pescador había pensado pedir algo más y cuando llegó el pescador le dijo: -Escucha ese pez nos dará lo que queramos, pídele algo más, pídele ser Dios, yo seré Bisila y tú Dios, todos los espíritus nos rendirán homenaje y tendremos infinitos poderes, ¡ah! y no le sueltes aún, tal vez se me ocurra algo más -. El pescador corrió a la playa pero con tan mala fortuna que la marea había subido inundando la piscina de piedra y el pez había escapado no sin antes lanzar un conjuro; no sólo el pescador sería tan miserable como antes sino que ningún pescador sería jamás rico.

jueves, 17 de octubre de 2013

Talleres de Narración Oral

TALLERES PERMANENTES DE NARRACIÓN ORAL Pedro Parcet desea conocer a toda persona que lo quiera conocer a él.
Inscripción permanente. Talleres y seminarios para grupos profesionales.
TALLERES PERMANENTES DE NARRACIÓN ORAL-- LUNES 18 a 20 hs. Corrientes 1680 1º piso-- VIERNES 18.30 a 20.30 hs. Julián Álvarez 1886-- SÁBADO 10 a 12 hs. Bulnes 892-- INFO COMPLETA a mail: africaporlapaz@hotmail.com-- tel. 1544773272 -- tel. 1549869881

Talleres permanentes de narración oral.